Los números que importan

Las pérdidas se concentran en tres tipos de daños:

  • Cultivos de invierno: superficies sembradas con trigo, avena y cebada entre Atacama y Biobío quedaron anegadas por inundaciones prolongadas.
  • Infraestructura de riego: en comunas como Huasco, Alto del Carmen, Combarbalá, Monte Patria e Illapel, crecidas y desbordes destruyeron equipos, casetas, instalaciones eléctricas, tranques y canales.
  • Invernaderos y galpones: ráfagas de viento superiores a 100 km/h, especialmente en Pichilemu, volaron techos de estructuras donde se almacenaba forraje.

Rodrigo Gil, gerente del Área de Campos de Colliers, precisó que la fruticultura sufrió daños acotados: solo cítricos y paltos en sectores costeros de Valparaíso y O’Higgins perdieron frutos en maduración por el viento.

El dato clave

El informe destaca que el impacto en frutales fue menor porque la mayoría de las especies está en receso invernal. Sin embargo, la infraestructura agrícola —riego, galpones, instalaciones eléctricas— resultó la más golpeada, lo que afectará la capacidad de producción futura, especialmente en el Norte Chico.

Entre líneas

La estimación de Colliers supone un aumento significativo respecto a los primeros balances. Aunque el Gobierno aún no entrega una cifra oficial, el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, aseguró que existen recursos para responder. La pregunta es cuánto de esos US$400 millones corresponde a pérdidas irreversibles y cuánto a daños reparables, algo que determinará el ritmo de la recuperación.

Lo que cambia

El temporal deja una paradoja para el agro: las lluvias rompieron la sequía prolongada en Coquimbo, llenando embalses como La Paloma, Cogotí y Puclaro, pero a costa de destruir los sistemas de riego que permiten aprovechar esa agua. La reconstrucción de infraestructura será clave para transformar la bonanza hídrica en producción real.